ROBORÉ, 109 AÑOS DE HISTORIA Y AMOR ETERNO

Mi pueblo, mi raíz, mi orgullo.

Ese rincón bendecido de la Chiquitania, allí nací, crecí, soñé y formé mis primeros lazos, en una familia numerosa donde la vida se cruzaba entre risas sinceras, trabajo y esperanza, viví los días más alegres de mi infancia y parte de mi adolescencia, tardes de juegos y el calor de hogar que sólo un pueblo puede regalar.

Pueblo de arenas candentes, de ríos cristalinos, de chorros y balnearios refrescantes que invitan al alma a quedarse un rato más.

Recuerdo cuando, siendo joven, el mundo parecía empezar y terminar en esas calles polvorientas, bajo el sol ardiente que parecía abrazarlo todo.

En Roboré, el calor no sólo se siente en el aire que agobia tu cuerpo, sino también se siente en el alma, el clima puede ser sofocante, pero lo que verdaderamente derrite es la ternura sencilla de sus habitantes, ese fuego que no quema, sino que ilumina y une.

El sol ardiente más que todo al medio día que cae sobre sus calles, es apenas un reflejo del calor humano de su gente, amable, hospitalaria y cercana, siempre lista para ofrecer un saludo, una sonrisa, si llega un visitante un ¡pase hasta adentro! ¡La puerta está abierta!  Tan rápido se pone una silla, se le invita a tomar un café brasilero, o un vaso de limonada o puede ser agua fresca.

A los 22 años dejé mi pueblo para formar mi propia familia, (han pasado cinco décadas y vivo para contarlo) como tantos lo hacen, buscando nuevos caminos, buscando nuevas historias. Pero cada regreso a casa, cada abrazo de mis padres, me recordaba que uno nunca deja de pertenecer al lugar donde aprendió a amar la vida, y encontrar la paz que sólo un hogar verdadero puede ofrecer.

Allí, el calor no incomoda, abraza. Es el mismo que se siente al llegar a casa después de un largo viaje, que solía hacerlo en tren y llegar de madrugada ahora el transporte son flotas, pero llegar a mi casa sentir el calor del hogar, del fogón siempre encendido, tomar un cafecito caliente y las voces que te llaman por tu nombre, la tertulia nos mantenía despiertos hasta el amanecer.

 Esto que te cuento, es de añares y los recuerdos se agolpan en mi memoria. Ya no están papá y mamá, diez años que ya no he vuelto, pero sigue siendo mi pueblo, al que amo y tanto añoro.

VEINTICINCO AÑOS SIN PAPÁ

Hace 25 años, un día como hoy, mientras Roboré celebraba con alegría la fiesta grande del pueblo y con otro acontecimiento el destino nos marcó para siempre.

A las siete de la noche, nuestro padre partió a la Patria Celestial, dejando un vacío que ni el paso del tiempo ni la distancia, hacen olvidar.

Aquella noche, una tremenda lluvia acompañó el velorio, como si el cielo también llorara su partida. Y entre lágrimas y rezos, olvidamos que el pueblo festejaba sus OCHENTA Y CUATRO AÑOS DE SU FUNDACIÓN, pero para toda mi familia, esa fecha cambió su significado.

Desde entonces, cada aniversario de Roboré es doblemente especial¸ celebramos su historia y también recordamos a papá, su ejemplo, su trabajo, su amor silencioso.

Él vive en nuestras memorias, en nuestras palabras, y sobre todo en cada rincón de ese pueblo que también fue su hogar.

ENTRE RAÍCES Y RECUERDOS

Hoy, mientras Roboré celebra sus 109 años, mi corazón se llena de gratitud.

Por haber nacido allí, por la educación e instrucción recibidas, por los caminos recorridos, por la familia que me formó y por el legado que nos dejó papá.

Porque, aunque la vida nos lleve lejos, siempre habrá un hilo invisible que nos une a nuestra tierra y a quienes amamos.

La última vez que volví, caminé por sus calles con el corazón apretado y me senté en un banco de la plaza.

El tiempo, que no perdona, ha cambiado el rostro del pueblo.

La juventud actual ya no nos conoce, y la plaza diferente a cuando yo era joven, ya no tiene aquellos árboles de paquío, que un día dieron comienzo a su historia. Tampoco queda en pie el árbol del sinini, testigo silencioso de los enamorados, guardián de secretos y promesas susurradas bajo su sombra. Me trae a la memoria las vueltas por la plaza, entre risas y miradas cómplices, sin rumbo y sin prisa, pero bajo la mirada crítica de los mayores. A pesar de todo, la plaza era un pequeño paraíso. Allí el tiempo se deslizaba sin aviso, entre risas, miradas y charlas interminables. La vida entonces parecía más sencilla, más liviana. Allí, el alma se detiene y recuerda que, aunque el paisaje cambie, la esencia de Roboré sigue viva. Esos años de juventud todavía logran arrancarme una sonrisa cuando los recuerdo y es un tiempo que ya no volverá.

FELIZ ANIVERSARIO, MI QUERIDO ROBORÉ.

Y A USTED, PAPÁ, gracias por haber sido mi padre y por seguir siéndolo, aunque ya no esté físicamente. Su memoria vive en nosotros, en cada palabra que pronuncio, en cada consejo que aún resuena en mi mente, en cada chiste porque fue usted un hombre alegre, lleno de vida y buen humor.

En cada regreso a la casa, su presencia se sentía en cada amanecer sobre el pueblo que tanto amamos, la casa que ya no es la misma sin mamita y sin usted. Aun así, sigue viva en mi corazón, porque entre sus paredes quedaron las risas de nuestra infancia, las risas de mis hermanos y las voces de mamita y de usted, son los recuerdos que marcaron mi vida. Allí aprendí el valor de la familia, el amor por mi tierra y la fuerza para seguir caminando, aunque el tiempo y la distancia intenten borrar lo vivido.

Todo quedó en el recuerdo; sólo queda la nostalgia porque, aunque los años pasen, aunque las calles cambien y ya no existan los árboles de paquiós ni el viejo sinini, que guardaba nuestros secretos, Roboré sigue siendo mi raíz, mi punto de partida y mi destino. Aun cuando el tiempo marque en mí las huellas del envejecimiento, mi corazón sigue siendo de esa tierra cálida y bondadosa que me vio nacer.

Es el legado que quiero dejar a mis tres hijos, que nunca olviden de dónde venimos, que amen la tierra que me dio identidad y que conserven siempre su esencia, la misma que me sostiene y me recuerda que, sin importar la distancia ni los años, Roboré siempre será mi hogar…

 “Y mientras alguien lo recuerde, su historia seguirá viva, porque también es parte de la mía.”

¡Que el Señor bendiga a mi pueblo y la Virgen lo proteja!

Desde la distancia te saluda tu hija

Mirtha Villarroel de Rocha  

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