LA MUERTE NOS SACUDE…
La muerte de un ser querido nos duele profundamente.
Nos parte el alma, nos deja vacíos, y nos confronta con nuestra propia
fragilidad. Lloramos, sentimos nostalgia, echamos de menos la voz, el abrazo,
la compañía. Es natural. Somos humanos, y amar implica sufrir cuando perdemos
algo muy apreciado.
Pero desde la fe cristiana, el duelo no es el final
del camino. Es un proceso que, aunque doloroso, puede ser también una
oportunidad de transformación y de acercamiento a Dios.
La vida es tan frágil, tan efímera, que basta un
suspiro para que todo cambie. Y, sin embargo, nos apegamos tanto a lo material,
como si fuéramos a quedarnos para siempre. Guardamos, acumulamos, poseemos… y
muchas veces, cerramos nuestras manos y nuestros corazones a quien más lo
necesita.
Olvidamos al vecino que sufre en silencio, al hermano
que carga una cruz invisible, al anciano que espera una palabra, al niño que
necesita un abrazo. No siempre la ayuda debe ser material; también existe el
consuelo del alma, la escucha sincera, la oración compartida, la presencia que
acompaña.
La muerte no debería causarnos terror, sino
conciencia. Ella no avisa, no negocia. Solo Dios sabe el día y la hora de
nuestro último aliento. Y cuando llegue, no llevaremos ni casas, ni títulos, ni
cuentas bancarias. Solo llevaremos lo que dimos con amor.
Por eso, vivamos en paz con Dios, con nuestro prójimo
y con la naturaleza. Que cada día sea una oportunidad para dejar huellas de
bondad, compasión y servicio. Que cuando partamos, nuestras obras sigan
hablando por nosotros, como legado de una misión cumplida, de una vida vivida
con sentido, conforme al plan que Dios trazó para cada uno.
Vivamos con el alma abierta, sabiendo que el mayor
tesoro no es lo que tenemos, sino lo que damos y dejamos.
¡Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja!
Tu amiga
Mirtha Villarroel de Rocha
Comentarios
Publicar un comentario